22 jun. 2009

Ensayísticamente incorrecto




¿Por qué el ensayo?

Porque quizás la física cuántica de hoy viajó en el tiempo y le dijo a Montaigne al oído que según los nuevos cálculos de probabilidades, la moneda puede caer cara o cruz, pero también apoyada, vaya a saber cómo, acrobática e inverosímil sobre su filo. Y por ahí a Montaigne le gustó la historia y se imaginó que el ensayo era como la moneda sobre el filo, y así luego siguió dibujándolo.  


Porque hasta a la propia filosofía le sedujo la forma de escribirse en ensayos, y quizás tanto le atrajo que se puso a sí misma al filo, porque de igual modo escuchó algo sobre esa tercera posibilidad de caída.


Porque hablando de terceridades, una vez leí algo acerca de otros probables modos de entender el tres. Puede que no sólo sea la suma de 1 + 1 + 1, ni de 1 + 2 o de 2 + 1. Otro cálculo sería que del uno deviene el dos, y de ese dos, así partido, tres serían las posibilidades de relación. La de una parte sobre otra, la de la otra sobre la una, o la de ni una sobre otra ni otra sobre una.
Porque siento que algo de esa otra posibilidad de ser tres, en la tercera relación de nada sobre o por debajo, taza cierto sentido de lo ensayístico.


Pero también porque dicen que dos es compañía y tres son multitud, y como al ensayo nada le es ajeno, puede aceptar ese otro tres multitudinario, aunque de multitudes superpuestas, todo en la misma frecuencia, entre ruidos de interferencias. Nuevamente, nada por arriba nada por abajo, como dicen en sus actos los magos, para demostrar que lo que vemos es magia y no trampa perceptiva.


Porque puedo decir la palabra siento o pre-siento o creo (y no en el sentido de crear ni de creer en fe dogmático/religiosa, sino de no estoy segura de lo que digo) Porque creo que si buscamos alguna garantía de algo, lo único seguro es que quizás nos la den, sólo después de comprar un electrodoméstico. Y sí, es una tranquilidad, un respiro. Pero ¿respirar es garantía de algo? Inspirar y espirar, oxigenarnos es combustible de vida pero también polucionar de radicales libres que, según dicen, sería una de las causas por la que envejecemos hasta el después, y eso sí que está garantizado.


Porque además, y aunque tratemos de resguardarnos del oxígeno, del aire contaminado, del aire que acelera los procesos de putrefacción, los envases sellados al vacío también poseen fecha de vencimiento.


Porque ya no sé bien por dónde seguir, pero tampoco comencé sabiéndolo. Sigo yendo porque la escritura sabrá como seguir, aún sin mí. Y sigo, porque además este mensaje no se autodestruirá, al menos no en cinco minutos. Y porque la sobre-extensión de caracteres, no le resultaría al ensayo un incidente tan problemático.    


Porque esa es una de las limitaciones de ésta, mi escritura, no sabe muy bien ajustarse a menos de 3000 caracteres con espacios. Pero la limitación de no poner límite más o menos acotado podría ser uno de esos errores que el ensayo traga, asimila y digiere, aunque fuese con cierta dificultad, aún a riesgo de quedarse un poco atorado en la garganta por el enorme bocado.  



Porque hablando de cuestiones orgánicas y de tractos digestivos, transitar ensayísticamente puede producir un cierto efecto de desnudamiento, de exposición, aunque se evada el trámite de pasar de un modo directo por uno mismo. El ensayo da ciertos giros y casi sin notarlo, de un modo apenas perceptible, deja algo o mucho al descubierto. Pero seguir pensando/sintiendo esto podría provocarme un nudo en el estómago. Por eso no lo pienso/siento más y sigo escribiendo, a la sombra o a la luz de la ambigüedad. Escribo porque hay lectores y escritores que a la vez desarman y enredan más ese nudo y otros. 


Porque la ambigüedad es uno de los platos favoritos en la extensa lista de menúes que el ensayo cocina. Porque nadie dijo que el ensayo venga a resolver nada, y porque si así fuese, si buscásemos en él alguna receta que provea el fármaco que cure, seguramente la prescripción se haría sin dejar de contemplar otra vez la paradoja. Esa que en la propia etimología de fármaco conjuga a la vez remedio y veneno. Porque dicen por ahí que el verbo farmakaw habla simultáneamente de tener el espíritu trastornado por un brevaje envenenado, tener el espíritu trastornado y tener necesidad de remedios. 




Porque recién ahora, ya cerca de los caracteres finales en este escrito no final sino provisorio, se me ocurre un primer boceto de título. Uno que probablemente remixado irá a la cabeza del cuerpo de este texto para luego continuarse en multiplicadas y virtuales notas al pie. Y de allí, quizás por las redes de unos entre otros tantos escritos y leídos, por escribirse o por leerse (en ese orden o al revés)

Porque hablando de recorridos y redes, lo de Montaigne y la moneda lo escribí saliendo de un sueño. Los demás párrafos son papelitos entre largos trayectos, provincia-capital-provincia, mientras saltaban algunas canciones de carpeta en carpeta en mi reproductor mp3. A los últimos llegué en pequeños apuntes, entre conversaciones de reunión de sábado a la noche. Y todo atravesado de infaltables linkeos en viajes por la red. Porque se hacen expansivas las rutas del ensayo que no conoce bien de murallas entre realidades físicas, virtuales, oníricas o ficcionales.



Porque ensayo me suena también a música, a teatro, a danza, y a que bailar puede ser reescribir el tiempo

Porque ya Borges alguna vez lo escribió en La muralla y los libros: "(...) todas las artes aspiran a la condición de la música, que no es otra cosa que forma. La música, los estados de felicidad, la mitología, las caras trabajadas por el tiempo, ciertos crepúsculos y ciertos lugares, quieren decirnos algo, o algo dijeron que no hubiéramos debido perder, o están por decir algo; esta inminencia de una revelación, que no se produce, es quizás, el hecho estético".



Porque si termino aquí no es debido a que el ensayo es también un género, y como todo género, una construcción sobre espacios de extensiones y restricciones (de esas que activan positivas y negativas paranoias); sino por ese algo que nunca ocurrirá, que seguirá corriéndose aunque escriba 100.000 caracteres con o sin espacios. 


Porque es ese inminente uno de los motores que activan a seguir avanzando sobre terrenos desplazados de lo provisorio. Sobre esos territorios del ensayo.

Porque ya lo sabemos, algo puede definirse, percibirse, reconocerse o desconocerse por lo que es o por lo que no es, y quizás éste no sea un ensayo.


Y porque no se me ocurre en estos momentos otro espacio mejor que el ensayístico para decirlo. 


16 jun. 2009

Hell Girl y el Correo Infernal

Su nombre es Enma Ai o Jigoku Shojo. Una chica manga/anime/dorama que bien podría sumarse al ranking de las bad girls.
Esta vez la joven fémina resulta ser un cocktail fatal mezclando ingredientes del barquero Caronte, la despiadada Némesis, unos trazos de pactos fausto/mefistofélicos y alguna que otra línea anime, de esas que se escriben en Death Note.
Pero además se trata de una femme fatale cybernética Su función "vengadora" comienza cuando algún internauta revanchista accede a una página titulada "Jigoku tsushin" (correo del infierno), aunque sólo en horarios de medianoche. Una vez allí tipea el nombre de la víctima de su venganza, click en enviar y listo, la primera parte del pacto está hecha. A continuación el solicitante recibe un mensaje de texto en su celular enviado por Enma Ai, o evadiendo trámites virtuales, ella se presenta en vivo y directo ante aquel o aquella.
Sólo falta sellar el contrato: "En su encuentro con Jigoky Shojo esta les entrega un muñeco de paja con un hilo rojo atado en su cuello. Si quieren que su venganza se lleve a cabo, deberán tirar del hilo rojo. Esa será la aceptación del contrato, y sus enemigos serán directamente enviados al infierno. Pero el precio a pagar es alto: cuando sus vidas lleguen a su fin, también su alma estará condenada al infierno. Una marca en el pecho aparecerá para recordarles el destino que han escogido."
Más sobre Hell Girl aquí y aquí

10 jun. 2009

El lector entre los muros y yendo de la cama al libro

Porque la asociación libre no funciona sólo recostada en un diván, y porque lo mejor o más significativo de lo que percibimos puede estar casualmente en esos síntomas casi desapercibidos. De ello, bien nos hace dar cuenta el Dr. House.
Una serie de escenas, motivos o temas, en tres de algunas de las películas que ví últimamente, parecen retomar un hilo conectivo que dibuja algo así como una breve historia clínica de los tantos modos en que entendemos, practicamos y recorremos ese macro, polifuncional y multifacético terreno de la lecto-escritura. Del transgénero documental-ficción, al drama, y la pornografía? la letra atraviesa en ellas multiples formas mutantes, diversos rostros de lo mismo. La palabra escrita como vehículo y herramienta de moldeo, de construcción ideológica, como marca en los posicionamientos de poder, como sello de igualdad o diferencia, de límite de lo decible o contrariamente índice de la más acabada forma de informar lo comunicable. Pero y además, instrumento de dominio en doble sentido, en ese al que me refería en cuanto letra/parámetro de situaciones, lugares y juegos de querer y/o poder; y ese otro referido a la valoración cultural que se le otorga al dominio ejercido por nosotros, sujetos del lenguaje, sobre la/s lengua/s como indicador de consensuada confirmación de una persona humana como digna y autónoma.
Un valor que a veces adquiere ciertos matices de tono sacro, de indeclinable "declaración jurada" por momentos necesaria, por momentos injustificada. En otras ocasiones, valor de bien capitalizado por algún presupuesto de mercado de turno, o valor acumulativo, pero preferentemente de intercambio diverso construyendo roles de diferencial signo social, político, económico, sexual, generacional,y más, en sus tantos modos de transacciones. En un espacio transgenérico documental-ficcionalizado o ficción-documentalizada, Entre los muros es quizás el filme que pone más en evidencia varias de estas sintomatologías. Sobre la huella de un guión surgido de la experiencia autobiográfica de un profesor , devenido profesor/personaje, se proyecta esta historia de roces, enfrentamientos y disparos de letras y palabras entre los muros de un aula. Un sitio espacial y discursivo claustrofóbico, reducido para tanto choque de subjetividades en un grupo de alumnos que conjuga las tantas etnias conviviendo en algún suburbio parisino.
La clase de lengua francesa es el foco que enfoca casi todo el tiempo fílmico. Allí, los encuentros entre las diferenciales cosmovisiones de aquellos que detentan el poder que otorga el saber disputado en las aulas, y quienes del otro lado más numeroso del muro, se resisten a creer que indefectiblemente ese saber es poder. Un profesor busca en contrapartida que la atención en los temas de la lengua, en sus formas y gramáticas ortodoxas no decaigan. Aplicaciones teóricas anquilosadas ante un colectivo de alumnos que no encuentran razones para conocer las diferencias entre el pretérito imperfecto del indicativo y el del subjuntivo, cuando ya ni sus abuelos usan éste útlimo extraño modo verbal para comunicarse. Los chicos no parecen interesados en cuestionarse algún futuro conjugando el "si yo supiera", porque para ellos se desdibuja la segunda parte que completaría la proposición, el lugar de un potencial desarrollo tras la conquista del saber "académicamente correcto". La relación autoridad/docente-alumno tambalea al ritmo de las tensiones, de una clase de chicos, a la que en algún momento le cuesta creerse capaz de realizar la incómoda tarea de escribir, al menos algunas pocas y merecidas palabras, a cerca de cada uno y sus propias vidas. Al profesor no le queda más que intentar la titánica tarea de remontar toda una estructura subjetiva en contexto de crisis, y no ya tan sólo de educación, para lograr al menos, de cada uno de ellos, un breve atisbo de letra elaborando algún proyecto de autorretrato escrito. "Si lo que tienes que decir es menos importante que el silencio, cállate" enuncia y anunica el tatuaje en el brazo de uno de esos chicos migrantes, de origen africano, el que irónicamente sorprende con un trabajo que encuentra en una serie de fotografías la mejor forma de hablar de él y su entorno. Pero será allí, paradójicamente, la imagen visual la que dirá, y la palabra, en rol secundario, será un poco más que una justificación. Como si el aprendizaje aulico de la lengua fuese terreno de un capital simbólico casi inabordable, aunque no por ello incuestionable.
En este filme un recorte de realidad se muestra sin pretensiones de desarrollar una historia de principio, desarrollo, nudo y desenlace. Más que ello es una muestra de laboratorio transgenérico exhibiendo un síntoma actual, llevado por efecto de la ficcionalidad a una intesidad que lo coloca en un sitio de percpeción desnaturalizada, aunque paradójicamente se muestre como un escenario de los más cotidianos de nuestras culturas actuales. Una historia de esas a las que les interesa más que el fin, quedarse en el nudo, con uno hecho de letras, palabras y lenguas, porque para desatarlo harían falta mucho más que 125 minutos de proyección fílmica. Siguiendo una entre otras líneas, en The Reader la letra pasa de los muros a la cama. Una mujer secretamente analfabeta, de unos treinta y pico de años y un adolescente estudiante quinceañero viven un apasionado romance a fines de los años 50', en contextos de la Alemania de post guerra. El idilio se establecía en un doble contrato de placer, antes de cada encuentro sexual, el chico leía a la mujer obras paradigmáticas de la literatura universal. El joven amante provocaba, sin conocer exactamente porque causa, un poder subyugante en la mujer, de tal modo que sexo y palabra se transformaron en el aparato de sostén erótico que mantuvo la corta pero intensa relación. Corta porque de repente, tras unos meses, la mujer desaparece sin dejar rastros.
El tiempo pasa y avanza en casi 10 años. El ex quinceañero, ahora joven estudiante de derecho, descubre en la escucha de un juicio oral acusando a un grupo de colaboradoras en llevar adelante los tantísimos crímenes acometidos por el holocausto nazi, a su inovildable primer amor de adolescencia. La misteriosa, sensible y pasional mujer que había marcado para siempre su vida afectiva-sexual, era ni más ni menos que una criminal. Pero lo más sintomatológico del filme, en el sentido que lo retomo aquí, es como se sostiene la caracterización de la mujer. En el transcurso del juicio, esa mujer que lloraba emocionada por efecto de las lecturas de su adolescente amante, junto a otras guardias de campo de concentración, revela como seleccionaban las víctimas camino a la muerte en Auschwitz, sin mostrar signos de evidente remordimiento. Como si una ley de "obediencia debida" la hubiese llevado a cumplir con el rol que le asignaba el llevar a cabo un trabajo, casi como cualquier otro.
Sin embargo en un momento del juicio la mujer se quiebra. Es allí donde entran a jugar cierta puesta de valores en palabra y letra. Las demás guardias la acusan de haber sido quien escribió una declaración, por todas ellas firmada, donde aseguraban, en contra de otros testimonios, no haber salvado a un grupo de prisioneras de un incendio en una iglesia en la que habían establecido una parada, a causa de "desconocimiento del hecho". La mujer en cuestión se ve presionada a dar a conocer su secreto inconfesable, su total incapacidad para leer o escribir, sin embargo prefiere hacerse cargo de la mayor condena penal para ella como autora de tal mentira en declaración jurada. Sus futuros años de prisión, sólo encuentran la satifacción en la escucha de los libros, que su ex amante grababa en cassettes y luego le hacía llegar en frecuentes envíos. Finalmente entre cintas y visitas a la biblioteca de la prisión, ella aprende a dar sus primeros letras. Sin embargo el suicidio de la mujer termina, un día antes de su puesta en libertad, con cualquier proyecto de futuro reencuentro con su ex amor y posible resarcimiento de alguna culpa.
Pero me pregunto ¿cuál es la culpa que soporta este personaje y su caracterización? De un modo extraño, casi inverosímil, parecería que se pretende sostener al personaje en la inconmesurable fuerza que puede llegar a adquirir la culpa de no saber leer ni escribir, el analfabetismo como crimen en mayor grado inconfesable, que aquel otro que llevaba a cientos de mujeres a morir en las peores situaciones en uno de los actos de genocidio más grandes de la historia. ¿A qué reconocimiento de poder de la palabra letrada se nos somete aquí a nosotros como espectadores? ¿Uno de aura bautismal casi sacrosanta? ¿de alta normativa en cuanto a parámetros para diseños de dignidades humanas? Una vez más ¿Cuál síntoma de nuestras culturas está señalando el sostenimiento del carácter verosímil de este personaje? Hay algo haciendo ruido entre estos presupuestos de jerarquización de valores involucrando las competencias en el dominio de la lengua. Y si esos ruidos se hicieran más agudos, la caracterización del personaje que debiera apuntalar el relato fílmico ¿no se fisuraría en una grieta de criterio insostenible? Retomando algún otro hilo, podemos continuar con Romance X, y la letra sigue yendo en ciertos momentos a la cama, pasando oblicuamente por alguna ambiente educacional y de aula. Una producción que cumple ya diez años, a diferencia de las dos anteriores estrenadas recientemente. Un filme catalogado desde entonces y hasta ahora como perteneciente al género pornográfico. Aunque un público adepto al porno más ortodoxo, creo, que en más de una ocasión podría llegar a sentirse defraudado con este otro porno.
Las escenas de sexo espectacular no son las preferidas aquí, sí una mirada que gira en torno a ciertos rodeos sobre tantos modos de abordar aspectos de lo sexual, pero desde una óptica "femenina", entre otros motivos quizás, por tratarse de un filme dirigido/guionado por una mujer Catherine Breillat y protagonizado por un personaje femenino que indaga sus zonas de subjetividad en relación a su cuerpo, su sexualidad y su vida de pareja en conflicto. El detonante que activa en ella una suerte de destino de búsquedas sexuales diversas es el desinterés de su pareja en coincidir con ella en ningún tipo de encuentro sexual. El deseo toma otras vías entonces, y la mujer partida en dos, busca reconciliarse con su "ser fémino" fragmentado, en el sexo ocasional con extraños, sin amor ni besos. Y entre esos extraños se cruza casualemente, en algún momento, con un personaje interpretado por el actor porno Rocco Siffredi. Aunque su cuerpo, desde el cuello hacia abajo descanse por momentos en necesarias pausas sexuales, su cabeza no para de divagar en unos rodeos que bien podrían clasificarse como "apuntes mentales para una filosofía metafísica del sexo y el porno". Y ésto ni siquiera cuando, en breve escena, se la muestre frente a sus alumnos, un grupo de niños para los cuales es la profesora de lengua francesa. En aquel ámbito escolar y no tan casualmente, conoce a un colega, un "educador" que la llevará a visitar ciertos sitios del sadomasoquismo.
Nuevamente se congregarán por aquí, sexo, letra y esta vez, unos cuantos ingredientes de porno sadomasoquista. Él y ella en casa de él, se reúnen en un diálogo sugestivo, antesala psico-mental de sexo más orgánico. Él le dice, dirigiéndose hacia su biblioteca, que le tenía reservado un libro para que ella se lo leyera. Él continúa: "Uno no debería prestar libros. Las mujeres deberían leernos. Así sabemos que prestaron atención" Ella le contesta que odia leer. Él asume entonces el rol de lector y retoma algunas frases de un libro de G. Bataille que seleccionó: "Cuando la Madre engendra al Hijo, el Hijo engendra a la Madre. Su acto creativo es el contrapunto de todo el proceso. En el engendramiento la Madre, él la purifica. Él la purifica y se purifica a sí mismo en un mismo acto. Él transforma a la prostituta de Babilonia en una virgen"
Acotado pero denso fragmento, ya que en cierta forma dibuja algo así como una clave de "lectura" y abordaje de este filme. No arbitrariamente, la mujer que atraviesa estos relatos transita de principios a fines de la película, de un lado a otro de sí misma, esos dos extremos polarizados, de la "prostituta de Babilonia" a la "virgen madre". Y todo esto en contextos que no dejan la letra en sus poliformas por fuera. Una cita de P. Klossowski sobre los escritos de G. Bataille, bien puede resumir algún otro sentido de esos que allí se superponen: "Georges Bataille tiene de común con Sade que en él la pornografía es una forma de la lucha del espíritu contra la carne; forma que está en ese sentido determinada por el ateísmo, pues si no hay Dios que haya creado la carne, al espíritu sólo le quedan los excesos del lenguaje para reducir a silencio los excesos de la carne."
Hasta aquí un boceto de historia clínica acerca de unos entre otros modos de bien-estares y mal-estares puestos en, desde y por tantas lenguas y letras. Un catálogo de síntomas que seguramente podría seguir ampliándose aún más y más.