9 ago. 2009

No necesito verte para saberlo
¿La rosa es la rosa o es el nombre de la rosa? Nos repetía una profesora en sus clases de filosofía citando a Borges, si es que la memoria no me engaña. Aunque ahora que lo pienso, no importa demasiado si el nombre de aquel autor corresponde empíricamente al que se reconstruía textualmente en la cita, cada vez que la profesora hacía sonar aquella frase una y otra vez. No al menos si lo que buscamos son confiables índices de verosimilitud. Igualmente el enunciado rosáceo le cabría bastante bien al imaginario Borgeano.

¿Y si en vez de preguntarnos por rosas nos preguntásemos ahora por Borges? Me animo a decir que muy probablemente seguiríamos por similares desvíos o "laberintos" de letras y escritos. O mejor aún de escrito, así en singular, porque basta una frase, unas palabras en una línea puestas así de ese modo y no de otro, entre esos espacios, esas comas y puntos, dibujando esas continuidades e irrupciones para que un autor se transfigure en marca y se repita o no, sin centro, de uno y mil modos, hacia adelante o atrás. Ni esto ni todo aquello importa ya. Si cuando lees, de una amalgama de contornos difusos algo se dispara y te pega directo al cuerpo, con eso basta, con el impacto y su efecto prolongado de placebo, veneno, antídoto, calmante y/o excitante, entre ineludibles dosis de contraindicaciones y contradicciones. "No soy muy amigo de la palabra", le oí decir a un actor por ahí, cuando en respuesta a una pregunta que indagaba en ciertas puestas en escena de uno de sus yoes, respondió con un simple llamado a silencio. Contradictorio él, contradictoria yo por no haberme sentido extraña en aquel escenario donde un pacto de lo esperado se rompía. Porque ahí sigue él actuando en palabras de gestos entre silencios y letras, y yo aquí escribiendo otros silencios de esos que se nombran de tantísimos modos. Pero volvamos otra vez al principio, porque empecé hablando de dos rosas y no quiero olvidarme de ninguna. Entonces me pregunto ¿Y si la rosa no es su nombre? ¿Qué pasaría si él fuese simplemente una fugaz apariencia y ella, en su más natural e íntima realidad, sólo eso que percibimos? Eso que ¿vemos? Porque muchos dicen que hay que ver para creer. Pero otros tantos se preguntan ¿Qué ves cuando me ves? Y entonces, así las cosas, tengo la sensación de retorno sobre algunos recorridos transitados ya por los párrafos anteriores.
Unos días atrás una amigo me contaba que había leído en (no recuerdo cuál escrito) un relato sobre cómo vieron los pobladores autóctonos de nuestras bautizadas "Indias", la llegada marítima de los colonizadores españoles. Decían allí que los ojos de los nativos pobladores, desde su tierra, sólo percibieron el extraño movimiento de ondas y olas que las embarcaciones provocaban en su avance hacia las costas. Decían que en ese primer encuentro cercano del "segundo tipo", sus ojos nunca habían llegado a registrar los aparatosos barcos, sino sólo la huella de su imperativa navegación.

Y hablando de navíos conquistadores invisibles, cuentan algunas biografías de Hernán Cortés que éste, después de haber incursionado en territorios Aztecas, para evitar una conspiración por parte de un grupo de españoles contrarios a sus políticas o imposibilitar cualquier temeroso intento de huída de sus tripulantes, mandó según unos a quemar las naves, según otros, a hundirlas. Lo cierto es que la acción estaba dirigida a tornar invisibles a esas potentes armazones que iconizaban a las fuerzas invasoras. Esos mismos íconos que en aquellas otras narraciones ya se habían invisibilizado frente a la mirada de los primeros nativos “indios” barbarizados, quienes no necesitaron ver para saber que por los mares venía deslizándose alguna otredad, alguna otra barbarie.

Soda Stereo - No Necesito Verte (Para Saberlo)

PD: Las imágenes de rosas en este posteo representan a personajes de la producción manga/anime Rozen Maiden

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