27 abr. 2009

Al ritmo de la semiosfera

La noósfera, la biosfera y, porque no hasta la oósfera, configuran un entrelazado de concatenaciones orgánicas que, de algún modo, aunque no azaroso, van a derivar a los terrenos de la Semiosfera.
Fue Yuri Mijail Lotman quien siguiendo algunos trazados del científico V.Vernadski generó todo un mapeo semiótico del cual surge este complejo territorio al que le dio el nombre de Semiosfera. Un macroespacio cultural vivo donde contínuamente se producen tráficos de sentidos tejidos por lenguajes y textos activos que se contaminan, se interfieren e interdefinen en él.
A propósito de ésto, cuentan aquí una anécdota referida por Lotman en algún momento de sus múltiples merodeos: "Un conocido matemático ruso, P.L. Chebysev, dictó una conferencia dedicada a los aspectos matemáticos del corte de los vestidos. A la conferencia se presentó un público diferente del habitual: sastres, señoras á la mode, estilistas...El conferenciante comenzó pronunciando las siguientes palabras. "Admitamos, para simplificar, que el cuerpo humano tenga la forma de una esfera." Finalizada la frase se produjo una fuga general, el público se diezmó y quedaron sólo los matemáticos, que no encontraron nada de extraño en semejante exordio." Dicen luego que Lotman comentó acerca del episodio: "El texto ha "seleccionado" al público a su imagen y semejanza"

En la semiosfera, un universo se mueve al ritmo de los juegos y reglas que movilizan las relaciones entre diversos elementos y sistemas de significancia, estableciendo transformaciones de sentidos en los viajes de idas y vueltas. Del centro y sus estabilidades a la inestabilidades de la periferia, en las fronteras y bordes, las circulaciones se establecen quizás, como los sitios de mayor dinamismo. Ya sea que se trate de tráficos internos ocurridos dentro de cada semiosfera, o de aquellos que conectan a unas con otras.
Los sistemas de sentidos se definen, en parte y desde cierta mira, como una estructura relacional entre variados textos (como complejos amasados de "modos de significar"), diversos sujetos de sus producciones, recepciones y usos, y las diferentes situaciones comunicacionales generadas en ellos. Todo esto a su vez comprometido en un campo de fuerzas tensionales, como lo son entre otras, las de cambio y permanencia. Aquí, otra ubicación fronteriza, donde las semiósferas hacen sus transacciones. De allí acontecen las reconfiguraciones, alimentadas por los diferenciales mecanismos de activación del sentido (o de los sentidos) surgidos mayormente en las "situaciones interrelacionales periféricas."
La semiosfera de Lotman prefiere antes que las oposición, el continuum: "Se puede considerar el universo semiótico como un conjunto de distintos textos y de lenguajes cerrados unos con respecto a los otros. Entonces todo el edificio tendrá el aspecto de estar constituido de distintos ladrillos. Sin embargo, parece más fructífero el acercamiento contrario: todo espacio semiótico pueder ser considerado un mecanismo único (si no como un organismo). Entonces resulta primario no uno u otro ladrillo, sino el "gran sistema", denominado Semiosfera. La semiosfera es el espacio semiótico fuera del cual es imposible la existencia misma de la semiosis" - La semiosfera I
Elementos de los más diversos se enlazan en un "ecosistema", los modos en que transitan y los transitamos desencadenan sus movimientos internos y externos. Las semiosferas se tocan y encuentran puntos de intersección, donde la semiosis como mecanismo productor de sentidos se reactiva provocando efectos diferenciales. Hoy, más que en otros momentos, con mayor frecuencia, aquí y allá, somos capaces de percibir cómo se superponen las coordenadas temporo-espaciales, en los tantos discursos, textos y lenguajes circulando, en nosotros mismos y en nuestras "relaciones con". En algunas de estas intersecciones podríamos encontrar a las dinámicas semióticas del ritmo, articulando textos de unas y otras semiosferas. De los distintos lenguajes artísticos al cuerpo, de la imagen a la realidad, a la palabra, al mundo, a las cosas, y a todo un encadenado de contínuo rítmico.
Esta vez el enlace es con Lo imaginario, lo sensible, lo musical, (Arte y crítica "La realidad y su sombra") de Emmanuel Lévinas: "El procedimiento más elemental del arte consiste en sustituir al objeto por su imagen. Imagen que no es concepto. El concepto es el objeto captado del objeto, el objeto inteligible. Por la acción mantenemos con el objeto real una relación viva, lo captamos, lo concebimos. La imagen neutraliza esta relación real, esta concepción original del acto. El famoso desapego de la visión artística -en el cual- se detiene el análisis actual de la estética -significa antes que nada una ceguera con respecto a los conceptos (...)
La imagen marca una influencia sobre nosotros, más que sobre nuestra iniciativa: una pasividad innata. Poseído, inspirado, el artista, dicen, escucha una musa. La imagen es musical. Pasividad que es directamente visible en la magia del canto, de la música, de la poesía. La estructura excepcional de la estructura estética trae consigo este singular término de magia, que nos permite precisar y concretar la noción un poco desgastada de pasividad. La idea de ritmo (...) indica la manera en que el orden poético, mas que una ley inherente a este orden, nos afecta. De la realidad se desprenden conjuntos cerrados donde los elementos se nominan mutuamente como sílabas de un verso, pero que sólo se llaman entre si cuando se nos imponen. Pero se nos imponen sin que los asumamos. O más bien es nuestro consentimiento de ellos el que se transforma en participación. Entran en nosotros o nosotros entramos en ellos, poco importa. El ritmo representa la situación única donde podemos hablar de consentimiento, de asunción, de iniciativa, de libertad -porque el sujeto es sorprendido y llevado. Toma parte de su propia representación. Pero no a pesar suyo, porque en el ritmo desaparece el uno mismo: como un paso del sí mismo al anonimato.
Esto es el embrujamiento o el encantamiento de la poesía y de la música. Un modo de ser al que no se aplica ni la forma del consciente, puesto que el yo se despoja de su prerrogativa de asunción, de su poder, ni la forma del inconsciente, porque toda la situación y todas sus articulaciones están presentes en una oscura claridad. Sueño despierto. Ni la costumbre, ni el reflejo, ni el instinto se mantiene en esta claridad. El particular automatismo del andar o de la danza al son de la música es un modo de ser donde nada es inconsciente, pero donde la consciencia, paralizada en su libertad, juega, absorvida por completo en ese juego. Escuchar la música es, en un sentido, contenerse de bailar o andar. El movimiento, el gesto, importan poco. Sería más justo hablar de interés que de desapego a propósito de la imagen. Ésta es interesante, sin ningún espíritu de utilidad, en el sentido de "entraînante" (arrastrar). En el sentido etimológico: estar entre las cosas que, por lo tanto, no tendrían que tener más que rangos de objetos. "Entre las cosas", distinto del "estar en el mundo" heideggeriano, constituye lo patético del mundo imaginario del sueño: El sujeto está entre las cosas, como cosa, participando del espectáculo, exterior a él, de una exterioridad que no es la de un cuerpo, ya que el dolor de ese yo-actor, ese yo-espectáculo lo resiente sin que sea por compasión. En verdad exterioridad de lo íntimo.
Es sorprendente que el análisis fenomenológico no haya buscado sacar partido de esta paradoja fundamental del ritmo del sueño, que describe un esfera situada fuera del consciente y del inconsciente, y donde la etnografía ha puesto en evidencia su rol en todos los ritos extáticos; y es sorprendente que nos hayamos quedado en las metáforas de los fenómenos "ideo-motores" y en el estudio de la prolongación de las sensaciones en acciones. Acaso pensando en esta inversión del poder en participación es como podemos, nosotros, utilizar aquí los términos de ritmo y de lo musical. Es preciso entonces separarlos de las artes sonoras donde se les considera exclusivamente, y ubicarlos en una categoría estética general (...) Insistir en la musicalidad de toda imagen es ver en la imagen su indiferencia respecto al objeto, su independencia respecto a la categoría de sustancia que el análisis de nuestros manuales atribuye a la sensación pura, todavía no convertida en percepción -a la sensación adjetivo- y que, para la psicología empírica, queda como un caso límite, como un dato puramente hipotético (...) La sensación no es un residuo de percepción, sino una función propia: la influencia que la imagen ejerce sobre nosotros -una función de ritmo- (...) Si el arte consiste en sustituir la imagen por el ser -el elemento estético es, conforme a su etimología, la sensación. El conjunto de nuestro mundo, con su conformación elemental e intelectualmente elaborada, nos puede tocar musicalmente, volverse imagen (...) La desencarnación de la realidad por la imagen no equivale a una simple disminución de grado. Se desprende de una dimensión ontológica que no se extiende entre nosotros y una realidad por aferrar, sino ahí donde el comercio con la realidad es un ritmo."
Hasta aquí, este posteo se propuso traer algunos breves recorridos, por ciertos universos de los sentidos, a estos espacios de la blogósfera. Una de las tan diversas semiosferas, con sus particulares ritmos, girando en los macro y microcircuitos de la red.

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