23 abr. 2009

De viajes, anamorfosis y críticas

Las metáforas de viajes abundan, y entre ellas, las micro y macro interconexiones. Pero no se trata tan sólo de un crecido universo de metáforas (y ellas mismas como desplazamientos), sino también de aquel diseñado por el propio viaje en sus diversas versiones, configurado como vehículo hacia sitios de hipertránsito.
Viajes virtuales (enchufados o desenchufados), reales, de rodado ligero o peso pesado, ultrasónicos o casi congelados en cámara lenta, hacia afueras o adentros, horizontales, verticales, diagonales o cruzados, por los tantos tiempos y en los más que variados espacios. Los entornos se transforman, los paisajes mutan durante, y los engranajes que articulan las maquinarias de circulación invariablemente activan innumerables diseños y modos de tráficos.
Con sólo hacer zoom por algún sector (al azar, y no tanto), de cierta maraña territorial, es posible localizar algo así como una breve parcela de muestreo. Nos acercamos un poco más y ahí están, las vías se cruzadas. Algunos trenes vienen viajando desde no sé donde y hacia no sé que lugares, pero pasan por paradas que, desde otras miras, podrían parecer islas inconexas, pero no.
Para que el viaje no se alargue, podríamos hacerlo en tan sólo tres estaciones. Una parada, sería tal vez Café lumière con relatos de viajeros intersectados y entre tanto, algunas estaciones momentáneas para grabar ruidos de diferentes trenes.
De allí algún transbordo interconectaría con más vías entrecruzadas en Densha Otoko "El hombre del tren", ese que salta de la maquinaria real a las redes de la digitalidad interconectada en foros. Pero hay aún más, porque los desvíos siguen allí en viajes dentro del viaje en continuidades hasta arribar a esa otra virtualidad del libro y, así sin parar, hasta rutas de cruce entre serie de TV y anime.
Otro tren se sumaría al recorrido de relatos y personajes, únicamente posibles subidos a ellos. Esta vez los tránsitos se fugarían hacia los singulares caminos de temporalidades no lineales, a uno de esos que llevan a 2046, y a aquel año pero en simultáneo hacia atrás, a la habitación de un hotel del pasado, aunque de igual valor numérico. Dicen los relatos que de ese viaje no se vuelve. Pero alguien regresó para contarlo. Sin embargo la vuelta al punto de partida se aleja bastante de parecerse a algún proceso de pasaje ida-vuelta cien por ciento reversible.
Hablando de reversibilidades, de viajes, y esto que hasta aquí parece ser algo así como una escritura de lenguajes sobre otros lenguajes. Los trazados se perfilan similares a los que recorren los discursos de alguno entre otros géneros de crítica. Y los caminos vuelven a cruzarse. En cierto lugar y por algún otro desvío, anamorfosis (como sitio de transformación/deformación reversible) y crítica, como aparato interconector, se entrelazan.
Me pregunto si Omar Calabrese cuando se dio a la productiva tarea de escribir "Cómo se lee una obra de arte" , y una vez allí a analizar semióticamente  "Los Embajadores" de Holbein, lo habrá hecho al reconocer que justo ahí, en la propia composición pictórica, en esa diagonal anamorfosis de cráneo flotante estaba flotando la propia crítica. Y esto conectado pero más allá de ese otro discurrir de afuera, en ese otro texto escrito que, sobre las páginas de aquel libro viene también viajando.
Para seguir en el mismo trayecto vayamos ahora por ciertas merodeos de R. Barthes : "La crítica desdobla los sentidos, hace flotar un segundo lenguaje por encima del primer lenguaje de la obra, es decir, una coherencia de signos. Se trata en suma de una especie de anamorfosis, dejando bien sentado, por una parte, que la obra no se presta jamás a ser un puro reflejo (no es un objeto especular como una manzana o una caja) y, por otra, que la anamorfosis misma es una transformación vigilada, ambas sometidas a sujeciones ópticas: de lo que refleja, debe transformarlo todo; no transformar siguiendo ciertas leyes; transformar siempre en el mismo sentido." La crítica en Crítica y verdad
Más viajes de transformaciones, de particulares reversibilidades a otros ritmos, entre continuidades, discontinuidades e intervalos. Anamorfosis crítica y, de allí ida y vuelta a esos textos hojaldre de los que habla Paolo Fabbri, contextos o cotextos (en cierto punto pretextos) que envuelven a su objeto (blando, esponjoso, difuso), difícil de recortar tajantamente. Y todo ello como espacio interactivo que se hace curvo mutando, que se transforma/deforma para devolver el reflejo reestablecedor de "la forma."
Pero después de todo aquel pasaje transformático, ¿ciertamente se reconstruye idéntica aquella forma? Seguramente en el viaje de reversibilidad algo pasará, cierto desvío, y ya nunca será igual. Quizás para las leyes de la óptica sí, pero no tanto para las lúdicas reglas de la crítica. Más allá de subjetividades y objetividades, son las propias prácticas culturales las que elaboran las reglas, y la crítica se torna por momentos campo de juego, en el que los jugadores siguen, por vía aérea o subterránea, los mapeos de ciertas predecibles como impredecibles jugadas, de sus sentidos puestos y apostados. Allí donde los jugadores juegan a cazar, nunca directamente a la presa, sino a la onda expansiva que genera. Percepciones del diseño dibujado en ese terreno minado de orbitaciones y desorbitaciones. No ya espacio de lo caótico, simplemente sitio de otro orden, del orden del sentido, donde aún no se ha instalado ni naturalizado el consabido molde con sus instrucciones de corte y confección. Es nuevamente el placer del recorrido durante el viaje, entre la ansiedad de la partida y la intriga que precede a la llegada que se prolonga. Ese punto que como animal salvaje, ya sea por asustado, algo desconfiado o indómito, no hace más que correrse, camuflarse, desviarse evasivo al percibir cualquier tipo de acecho de arribo a un destino fijo y final.
Un punto G expandido e ilocalizable, muy lejos de cualquier sitio de precisión, el placer del texto ahí donde el erotismo se enmaraña y viaja mucho más allá y más acá de algún enclave de zona de erógena.

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